Judith tuvo que pensar unos segundos antes de comprender qué era. Faltaba algo. La habitación carecía de terminales de datos o de pantallas; ni siquiera podía ver un teléfono o un televisor.

Pero Salter Wherry tenía influencias e intereses en todo el Sistema. Una sola palabra suya podría provocar la bancarrota en países enteros. Tenía que considerar que los equipos de comunicación más modernos y elaborados eran absolutamente esenciales…

Judith se acercó a la mesa, ignorando al jovencito que la había traído aquí. No había nada. Ningún terminal, ningún enlace de datos, ningún modem; ni siquiera cubos contenedores de datos. Estaba mirando una mesa desnuda con dos carpetas y un libro negro entre ellas. Una Biblia.

—¿Dónde guarda todos los…? —empezó a decir ella, —¿Vídeos? ¿Libros? ¿Equipo electrónico? —dijo una voz diferente a sus espaldas—. Tengo todo lo que creo necesario.

Salter Wherry había entrado silenciosamente en la habitación a través de una puerta a la izquierda. Las fotos que había visto de él mostraban a un hombre de mediana edad, vigoroso, sanguíneo y de fuerte complexión, con una cara carnosa y sensual y una nariz prominente. Pero aquellas fotos habían sido tomadas hacía treinta años, antes de que Salter Wherry se recluyera. El hombre que había ahora ante Judith Niles era increíblemente frágil, con una cara delgada y arrugada. Judith le miró fijamente mientras él le tendía las manos. La nariz aguileña era lo único que había sobrevivido del joven Salter Wherry. Para Judith, la nueva versión era mucho más impresionante. Toda la suavidad se había fundido, y lo que quedaba había sido templado en su propia forja interna. Los ojos dominaban al resto, brillantes y azules, enmarcados por unas profundas ojeras.

—Muy bien, Edouard. Déjanos ahora —dijo Wherry tras unos instantes. Su voz era bronca y sorprendentemente profunda, sin que se apreciaran en ella los débiles tonos de la ancianidad.



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