
El muchacho asintió, deferente, pero cuando se dio la vuelta para marcharse miró a Judith con una cierta condescendencia y un arrogante movimiento de hombros. Salter Wherry hizo un gesto hacia el estrecho sofá.
—Si no le hace sentirse incómoda, me quedaré de pie. Hace mucho tiempo descubrí que pienso mejor así.
Judith sintió que los músculos de su estómago se tensaban involuntariamente cuando se sentó. La intuitiva percepción de Wherry era legendaria. Sería difícil esconder ningún secreto al escrutador intelecto que había tras aquellos ojos firmes.
Ella se aclaró la garganta.
—Le agradezco que haya accedido a verme.
Salter Wherry asintió lentamente.
—Supongo que su deseo no era meramente social. Y quiero que sepa con certeza que el problema con el que se enfrenta su Instituto es de primera importancia para mí. Nos hemos visto obligados a introducir tantas nuevas precauciones en el trabajo de construcción en el espacio que nuestro ritmo de progreso en las nuevas arcologías se ha vuelto patético.
Se quedó inmóvil ante ella, esperando en silencio.
—Desde luego, no es social. —Judith volvió a aclararse la garganta—. Mi personal está haciendo algunas preguntas. Quiero conocer las respuestas tanto como ellos. Por ejemplo, tienen ustedes un problema con la narcolepsia. Estamos bien cualificados para lidiar con él.
Y si tengo razón, pensó, puede que ya lo haya resuelto. Ve con cuidado ahora; éste no es el punto principal a tratar.
—Pero ¿por qué no nos emplea simplemente como consultores? —dijo ella—. ¿Por qué tomarse la molestia y el gasto de contratar a un Instituto entero, el coste…?
—Un coste insignificante, comparado con un centenar de otras empresas que tengo aquí arriba. Descubrirá que soy generoso con el dinero y los demás recursos. «No se relame el buey cuando el trigo escasea.»
