
—¿Está segura de que es el mismo diseño que están usando ahora en la Estación Salter? —dijo—. Creo que hay pequeñas diferencias en los sellos.
Niles asintió.
—Los esquemas que teníamos no eran del todo adecuados. Lo comprobamos. Según Hans Gibbs éste es el que usan ahora. ¿Todo listo?
Wolfgang se dio la vuelta y la miró. Su cara, a través de la escafandra, estaba pálida.
—Cuando quiera —dijo a través de la radio del traje.
Charlene acercó la cabeza al casco.
—¿Asustado? —dijo en voz baja.
—Adivina. —Él sonrió a través de la estrecha escafandra—. Tengo las tripas hechas gelatina. Ahora sé cómo se sienten los animales en las pruebas. Empecemos de una vez. Sal de aquí y que empiecen a bajar la presión.
Mientras hablaba, las luces fluctuaron, perdieron intensidad y luego lentamente volvieron a recobrar toda su energía.
—Jesús! —dijo Charlene—. Llevamos tres conatos de apagón en tres horas. —Miró a la otra mujer—. ¿Seguimos adelante, JN? Parece como si hubiera algo mal en el tendido.
—Estallidos en el enlace de China —dijo Judith Niles—. Cameron lo comprobó esta mañana, y dice que empeorarán. Esperan que China caiga por completo en una semana, están más allá de su capacidad, y su equipo es viejo. Así que no tiene sentido retrasarnos. Tenemos nuestro propio sistema auxiliar, y está en buenas condiciones.
—Entonces adelante —dijo Gibbs. Para horror de Charlene Bloom, estiró la mano enguantada y le acarició el muslo, cuando Judith Niles no podía verlo.
Se apartó de él y sacudió la cabeza con furia. Se lo había dicho a Wolfgang una y otra vez: la vida privada nunca tenía que mezclarse con el trabajo.
