—¿Entonces quieres que me pare? —había dicho él.

Ella se detuvo y giró la cabeza para mirar su hombro desnudo y bronceado.

—Sabes que no. Pero no seas desagradable. Sé que tienes reputación en el Instituto, y no te estoy preguntando sobre eso. Pero recuerda que ésta es la primera vez que yo… bueno, que me veo en una situación así.

Él se había dado la vuelta para mirarla a la cara, con una expresión que la había hecho temblar de pies a cabeza.

—También lo es para mí.

Mentiroso, había estado a punto de decir. Entonces volvió a mirarle. Parecía completamente serio. Había querido creerle… aún quería. Pero no ahora, no cuando JN estaba mirando. Aunque la estaba mirando con tanta intensidad a través de la escafandra del traje…

Charlene se dio la vuelta bruscamente y salió de la cámara.

—Sellada y reduciendo —dijo. Intentó mantener la mirada fija en los contadores y lejos de Wolfgang.

La presión se medía en kilos por centímetro cuadrado y también como altitud barométrica. Las dos mujeres observaron en silencio mientras las verdes pantallas fluctuaban a través de su primera reducción.

—Altura equivalente a tres kilómetros —dijo Charlene—. ¿Te sientes bien, Wolfgang?

Él gruñó.

—No hay problema. —Su voz parecía mucho más relajada de lo que ella misma se sentía—. Según mis lecturas, tenemos un equilibrio de presión interna y externa. ¿Correcto?

—Correcto. Ahora respiras oxígeno puro. ¿Alguna tirantez en las juntas del traje? ¿Alguna sensación de aturdimiento? Mueve los brazos, las piernas y el cuello, y comprueba cómo te sientes.

Él alzó la mano izquierda y movió los dedos.

—Moriturí te salutamus. Me encuentro bien.

—Bien. ¿Quién te ha enseñado latín? —En cuanto lo dijo, Charlene sintió que empezaba a ruborizarse. ¿Qué pensaría JN? Ella era la única persona en el Instituto a la que le gustaba salpicar los informes con citas latinas.



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