—Cinco kilómetros —dijo apresuradamente—. Estamos llegando a un cambio de escala.

Las lecturas se ajustaron automáticamente a una graduación más exacta, pasando de kilogramos a gramos por centímetro cuadrado. La presión se reducía lentamente ahora, controlada por Charlene. Pasaron otros veinte minutos antes de que el valor de la cámara llegara a cero. La altitud barométrica, después de subir constantemente hasta cien kilómetros, rehusaba ahora seguir haciéndolo.

—¿Algo nuevo? —Judith Niles se había acercado para colocar la cara junto a la ventana de la cámara.

—Nada malo. —Gibbs movió lentamente la cabeza de un lado a otro—. Tenía razón en los sellos del cuello. Puedo sentir un poco de presión ahora, como si el traje me apretara un poco.

—Ése es el nuevo diseño. Lo introdujeron hace un año. Es un sello mejor, pero no más cómodo. La sensación de estrechez es producida por la caída de la presión exterior, que hace una arruga hacia adentro en el sello. Te acostumbrarás. ¿Notas cansancio?

—Ni pizca.

—Vale. Empieza a mover los bloques, y habla mientras lo haces. Marca tu propio ritmo.

Wolfgang, algo torpe debido a que estaba poco familiarizado con los guantes, empezó a mover un montón de bloques de plástico de colores de una estantería a la altura del pecho a otra.

—No he hecho una cosa así desde que tenía dieciocho meses. Entonces me parecía más difícil. Si los muevo en orden, me dan un puñado de caramelos, ¿vale?

Ninguna de las dos mujeres habló mientras él movía cuidadosamente los bloques. Terminó en menos de un minuto.

—¿Aún se siente bien? —dijo Judith Niles cuando la tarea finalizó.

—Perfectamente. Ningún dolor ni molestia, ni somnolencia. Aún siento esa pequeña presión en el cuello, pero todas las demás juntas son muy cómodas. ¿Me dirijo a las cámaras?



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