Ella era más alta que Wolfgang. Y superior a él en tres grados. Pero había algo en aquellos ojos oscuros… igual que en los animales. Él no tenía miedo a los osos, ni a los grandes gatos, ni a sus superiores. Un pensamiento repentino la asaltó. Esa mirada. Iba a declarársele una noche de éstas, estaba segura. ¿Y entonces?

Súbitamente consciente de que el tiempo pasaba, se dio prisa en el siguiente corredor. Sus zapatos la estaban matando, pero no podía llegar tarde. ¡Malditos zapatos!… ¿Por qué no podía conseguir nunca un calzado que le viniera bien, como el resto del mundo? No puedo llegar tarde. En los laboratorios, desde que JN había sido nombrada Directora, la impuntualidad era un pecado capital («Cuando se retrasa el comienzo de una reunión, se roba el tiempo de todos por su falta de eficiencia…»).

El corredor continuaba en el exterior del edificio principal y se convertía en un largo camino cubierto. Echó un vistazo a las nubes de la mañana. Aún parecía que iba a llover. ¿Qué iba a pasar con aquel tiempo de locos? Desde que el ciclo climatológico se había alterado, ninguno de los informes meteorológicos valía un comino. Había nieblas a ras de suelo sobre las colinas cercanas a Christchurch y hacia más calor de lo que se esperaba. Según los partes, la situación era tan mala en el hemisferio norte como en Nueva Zelanda. Y los americanos, europeos y soviéticos sufrían nevadas mucho peores.

Volvió a pensar en el primer laboratorio. Todo había sido diseñado contando con una humedad menor. No le extrañaba que los refrigeradores de aire estuvieran helándose sobre Jinx, pues la humedad en el exterior debía de ser cerca del cien por cien. Tal vez deberían añadir un deshumidificador al sistema, porque el que ahora tenían funcionaba como una maldita máquina de nieve. ¿Debería pedir ese equipo en la reunión de hoy?

La reunión.

Charlene apartó su atención de los experimentos de laboratorio. Ya habría tiempo para preocuparse por eso más tarde. Se apresuró. Tras un corto tramo de escaleras y un giro a la izquierda, llegó a la C-53, la sala de conferencias donde se celebraban las reuniones semanales. Y, gracias a Dios, había llegado antes que JN.



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