
– ¿Es ése el tema de esta cuestión? -preguntó Norman-. ¿Ojivas termonucleares?
– No -dijo Barnes-, gracias a Dios. Si fuese algo termonuclear no faltaría, en la Casa Blanca, quien sintiera que es su deber hacerlo público. Pero este incidente lo mantuvimos alejado del personal de la Casa Blanca. La verdad es que, en este asunto, pasamos por alto hasta al JCS [ [4]]. Todas las informaciones preliminares van directamente del secretario de Defensa al Presidente en persona. -Barnes dio unos golpecitos en el escritorio con los nudillos-. Hasta ahora, todo va bien. Usted es el último en llegar, y ahora que está aquí vamos a encerrarnos a cal y canto: nadie ni nada entrará, nadie ni nada saldrá.
Norman seguía sin entender lo que pasaba.
– Si no hay ojivas nucleares relacionadas con el accidente -preguntó-, entonces, ¿cuál es el motivo del secreto?
– Bueno -respondió Barnes-, ocurre que todavía no contamos con todos los datos.
– ¿El accidente tuvo lugar en el océano?
– Sí. Debajo de donde nos hallamos sentados ahora.
– De modo que no puede haber supervivientes.
– ¿Supervivientes? -Barnes pareció sorprendido-. No, no lo creo.
– Entonces ¿para qué me han llamado?
Barnes se mostró turbado.
– Bueno -explicó Norman-, por lo común me hacen ir al lugar donde hubo un accidente cuando hay alguien que ha logrado salvarse.
