– Tan sólo tendremos que conseguirle su pase de seguridad.

– ¿Necesito un pase de seguridad?

– Doctor Johnson -dijo el abogado, cerrando de golpe su maletín-, este proyecto es ultrasecreto.

– No tengo inconveniente -dijo Norman.

Hablaba en serio. Aunque podía imaginar la reacción de sus colegas si alguna vez se enteraban de esto.

Lo que había empezado como una broma, pronto se volvió, lisa y llanamente, una extravagancia: durante el año siguiente, Norman voló cinco veces a Washington, para celebrar reuniones con funcionarios de alto nivel, del Consejo Nacional de Seguridad, por el tema del peligro inminente, incluso apremiante, de una invasión extra-terrestre.

El trabajo que hacía se mantenía en el mayor secreto. A una de las primeras preguntas, respecto a si el proyecto se debería transferir a la DARPA [ [5]] (entidad perteneciente al Pentágono), los funcionarios decidieron que no. Hubo preguntas acerca de si se debía pasar a la NASA y, una vez más, se decidió no hacerlo. Uno de los representantes del gobierno había dicho:

– Ésta no es una cuestión científica, doctor Johnson. Es una cuestión de seguridad nacional. Y no queremos airearla.

A Norman le sorprendía siempre el nivel de los funcionarios con los que se le decía que se reuniera. En cierta ocasión, uno de los subsecretarios de Estado más antiguos empujó a un lado los documentos que tenía sobre el escritorio (estaban relacionados con la crisis más reciente en Oriente Medio) y le preguntó:

– ¿Qué piensa en relación a la posibilidad de que los extra-terrestres nos puedan leer la mente?

– No sé -respondió Norman.

– Bueno, el problema que me planteo es éste: ¿cómo vamos a poder formular una posición oficial de negociación, si nos pueden leer el pensamiento?

– Podría ser uno de los problemas -coincidió Norman echando un furtivo vistazo a su reloj.



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