
– ¿De dónde lo trajeron a usted? -preguntó el piloto.
– De San Diego -dijo Norman-. Salí ayer.
– ¿De modo que llegó vía Honolulú-Guam-Pago?
– Así es.
– Un largo viaje -comentó el piloto-. ¿Qué clase de trabajo hace usted, señor?
– Soy psicólogo -respondió Norman.
– Un «exprimesesos», ¿eh? -bromeó el piloto con una amplia sonrisa-. ¿Por qué no? Han convocado prácticamente a todos.
– ¿Qué quiere decir?
– Durante los dos últimos días hemos estado trasladando gente desde Guam: físicos, biólogos, matemáticos, lo que a usted se le ocurra. A todos los llevamos en avión hasta dejarlos en medio de ninguna parte, en el océano Pacífico.
– ¿Qué está sucediendo? -preguntó Norman.
El piloto lo miró de soslayo; detrás de sus gafas oscuras, sus ojos eran inescrutables.
– No nos dicen nada, señor. ¿Y qué le dijeron a usted?
– Me explicaron que se había estrellado un avión -dijo Norman.
– Ajá. ¿Suelen llamarlo cuando se estrella un avión?
– Me llaman, sí.
Hacía ya una década que Norman Johnson integraba uno de los equipos de la FAA [ [1]] que acudían al sitio donde había caído un avión. Dichos equipos estaban constituidos por expertos a quienes se avisaba enseguida para que investigaran los desastres de aeronaves civiles. La primera vez que lo llamaron fue cuando ocurrió el accidente de United Airlines, en San Diego, en 1976; después, le hicieron ir a Chicago, en 1978, y a Dallas, en 1982. En todos los casos el proceso era el mismo: la precipitada llamada telefónica, la frenética preparación del equipaje y la ausencia durante una semana o más. Esta vez su esposa, Ellen, se sintió muy fastidiada porque le habían hecho salir el primero de julio, lo que significaba que se perdería el asado que preparaban para el día cuatro.
