También estaba el hecho de que Tim regresaba tras haber terminado el segundo año de la facultad, en Chicago, y continuaría luego su viaje para hacerse cargo de un empleo de verano que había conseguido en Cascadas. Y Amy, que tenía dieciséis años, acababa de volver de Andover. Amy y Ellen no se llevaban muy bien, si Norman no se encontraba allí para actuar como mediador. (El Volvo estaba haciendo ruidos otra vez.) Y era posible que Norman se perdiera el cumpleaños de su madre, la semana siguiente.

– ¿Qué accidente de avión es éste? -había preguntado Ellen-. No oí que hubiera habido accidente alguno.

Mientras Norman hacía la maleta, ella encendió la radio: en ningún momento dieron noticias sobre un accidente de aviación.

Cuando el automóvil se detuvo frente a su casa, Norman había quedado sorprendido al ver que era un sedán de la Armada y que el conductor llevaba uniforme.

– Nunca habían enviado un automóvil de la Armada -observó Ellen, mientras descendía, detrás de Norman, los escalones que llevaban a la puerta principal de la casa-. ¿Se trata de un accidente militar?

– No lo sé -respondió él.

– ¿Cuándo estarás de regreso?

La besó y le dijo:

– Te llamaré. Lo prometo.

Pero no la había llamado; porque, a pesar de que todos se mostraban muy amables, lo habían mantenido lejos de los teléfonos.

Primero, en el Campo Hickham, en Honolulú; después, en el Apostadero de la Aviación Naval, en Guam, donde llegó a las dos y pasó media hora en una habitación que olía a gasolina de avión, con la vista clavada, como un estúpido, en un número del American Journal of Psychology que había llevado consigo antes de iniciar el vuelo. Llegó a Pago-Pago cuando empezaba a amanecer, y le hicieron entrar apresuradamente en el gran helicóptero Sea Knight que, de inmediato, despegó de la fría pista y enfiló hacia el oeste, sobre palmeras y tejados rojizos en dirección al Pacífico.



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