
– ¿Qué accidente de avión es éste? -había preguntado Ellen-. No oí que hubiera habido accidente alguno.
Mientras Norman hacía la maleta, ella encendió la radio: en ningún momento dieron noticias sobre un accidente de aviación.
Cuando el automóvil se detuvo frente a su casa, Norman había quedado sorprendido al ver que era un sedán de la Armada y que el conductor llevaba uniforme.
– Nunca habían enviado un automóvil de la Armada -observó Ellen, mientras descendía, detrás de Norman, los escalones que llevaban a la puerta principal de la casa-. ¿Se trata de un accidente militar?
– No lo sé -respondió él.
– ¿Cuándo estarás de regreso?
La besó y le dijo:
– Te llamaré. Lo prometo.
Pero no la había llamado; porque, a pesar de que todos se mostraban muy amables, lo habían mantenido lejos de los teléfonos.
Primero, en el Campo Hickham, en Honolulú; después, en el Apostadero de la Aviación Naval, en Guam, donde llegó a las dos y pasó media hora en una habitación que olía a gasolina de avión, con la vista clavada, como un estúpido, en un número del American Journal of Psychology que había llevado consigo antes de iniciar el vuelo. Llegó a Pago-Pago cuando empezaba a amanecer, y le hicieron entrar apresuradamente en el gran helicóptero Sea Knight que, de inmediato, despegó de la fría pista y enfiló hacia el oeste, sobre palmeras y tejados rojizos en dirección al Pacífico.
