Norman asintió con la cabeza, aunque en realidad estaba pensando en otra cosa.

– ¿Qué dijiste respecto a que no se pueden hacer llamadas internas ni al exterior? Prometí a Ellen que la llamaría.

– Bueno, traté de llamar a mi hija y me dijeron que los enlaces de comunicación están cortados. No resulta fácil creerlo, porque la Armada tiene más satélites que almirantes; pero juran y perjuran que no hay línea disponible para llamar afuera. Barnes dijo que daría su aprobación a un cablegrama. Eso es todo.

– ¿Qué edad tiene Jennifer ahora? -preguntó Norman.

Se sintió complacido por haber podido rescatar el nombre de la memoria. ¿Cómo se llamaba el marido? Era físico, según recordaba, o algo así. Un hombre de cabello muy rubio, color arena. Tenía barba y usaba corbatas de lazo.

– Nueve. Ahora es lanzadora de la Liga de Menores de Evanston. No es muy buena estudiante, pero es una excelente lanzadora. -En su voz había un matiz de orgullo-. ¿Cómo está tu familia? ¿Ellen?

– Muy bien, y los niños también. Tim se encuentra ya en segundo año de la facultad, en Chicago, y Amy se halla en Andover. ¿Cómo está…?

– ¿George? Nos divorciamos hace tres años -dijo Beth-. George pasó un año en el CERN, en Ginebra, buscando partículas exóticas, y creo que encontró lo que quería: la mujer es francesa y él afirma que es una excelente cocinera. -Se encogió de hombros-. De todos modos, en mi carrera me va bien. Durante todo el año pasado estuve trabajando con cefalópodos: calamares y pulpos.

– ¿Y fue interesante?

– Sí. Fue muy interesante llegar a conocer la apacible inteligencia de estos seres, de los pulpos, en particular. Produce una sensación extrañísima… No sé si sabes que el pulpo es más astuto que un perro, y sería una mascota muy superior. Se trata de un ser maravilloso, listo, muy emocional… Lo que sucede es que nunca pensamos en ellos de esa manera.



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