Norman había volado en el helicóptero durante dos horas, durmiendo parte del tiempo. Ahora, Ellen, Tim y Amy y el cumpleaños de su madre parecían estar muy lejos.

– ¿Dónde nos hallamos con exactitud?

– Entre Samoa y Fidji, en el Pacífico Sur -respondió el piloto.

– ¿Puede mostrarme el mapa?

– Sabe que no debo hacerlo, señor. De todos modos, el mapa no mostraría mucho, pues en este preciso momento nos encontramos a más de trescientos veinte kilómetros de cualquier parte, señor.

Norman observó con fijeza el horizonte, que todavía era azul, monótono y liso. «No me resulta difícil creerlo», pensó. Bostezó.

– ¿No se aburre mirando eso?

– A decir verdad, no, señor -contestó el piloto-. Estoy contentísimo de verlo así, plano; por lo menos tenemos buen tiempo. Y no va a durar. Se está formando un ciclón en las islas Almirantazgo, y dentro de unos días girará hacia estos lugares.

– ¿Qué ocurre en ese caso?

– Todo el mundo sale como alma que lleva el diablo. Las condiciones meteorológicas pueden ser muy duras en esta parte del mundo, señor. Soy de Florida y, cuando era niño, presencié algunos huracanes, pero seguramente usted nunca vio algo como un ciclón en el Pacífico, señor.

Norman asintió con la cabeza.

– ¿Cuánto nos falta aún?

– Llegaremos de un momento a otro, señor.

Después de dos horas de monotonía, divisar aquel grupo de barcos les pareció de un interés excepcional. Había más de una docena de naves de diversos tipos dispuestas, más o menos, en círculos concéntricos. En el perímetro exterior, Norman contó ocho destructores grises de la Armada; más cerca del centro, había buques grandes, que tenían cascos dobles muy amplios, y parecían diques de carena flotantes; después, barcos cerrados, difíciles de clasificar, provistos de cubiertas llanas para helicópteros. Y en el centro, en medio de todo lo gris, dos barcos blancos, cada uno con una plataforma plana y una claraboya.



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