
– ¿Ha tenido un buen viaje, señor?
– Excelente.
– ¿Necesita ir, señor?
– Acabo de llegar -repuso Norman.
– Quiero decir: ¿necesita usar el excusado?
– No -dijo Norman.
– Bien. No use los baños porque están todos tapados.
– Muy bien.
– Las cañerías se hallan estropeadas desde anoche. Estamos trabajando en el problema y esperamos resolverlo pronto. -Escrutó a Norman-. En estos momentos tenemos muchas mujeres a bordo, señor.
– Entiendo.
– Hay un inodoro químico, si lo necesita, señor.
– De momento no, gracias.
– En ese caso, el capitán Barnes quiere verlo de inmediato, señor.
– Me gustaría llamar a mi familia.
– Le puede mencionar eso al capitán Barnes, señor.
Con la cabeza agachada, pasaron por una puerta, alejándose del calor del sol, y entraron en un corredor iluminado con lámparas fluorescentes. Allí se estaba mucho más fresco.
– Últimamente el acondicionador de aire no falla -informó el oficial-. Eso es algo, por lo menos.
– ¿Falla a menudo?
– Nada más que cuando hace calor.
Cruzaron otra puerta y penetraron en un gran taller: paredes metálicas, bastidores para herramientas, sopletes de acetileno que despedían chispas cuando los operarios se inclinaban sobre pontones metálicos y piezas de intrincadas maquinarias, y cables que se extendían por el suelo como serpientes.
– Aquí hacemos las reparaciones de los VOR -explicó el oficial, gritando por encima del estrépito-. La mayor parte del trabajo pesado se realiza en las barcazas transbordadoras. En este sitio tan sólo hacemos algo de lo electrónico. Vamos por aquí, señor.
Atravesaron otra puerta, recorrieron otro pasillo y desembocaron en una amplia sala, de techo bajo, atestada de monitores de televisión. En la semioscuridad poblada de sombras, una media docena de técnicos se hallaban sentados frente a la pantalla en color. Norman se detuvo para mirar.
