– Aquí es donde hacemos el seguimiento de los VOR -dijo el oficial-. En un momento dado, llegamos a tener tres o cuatro robots en el fondo. Amén de los MSB [ [2]] y los BC [ [3]], naturalmente.

Norman oía la crepitación y el siseo de las comunicaciones de radio, débiles fragmentos de palabras que no podía distinguir. En una de las pantallas vio a un buzo que caminaba por el fondo del mar; se hallaba iluminado por una fuerte luz artificial y llevaba un tipo de vestimenta que Norman nunca había visto: un traje de gruesa tela azul y un casco de color amarillo brillante y de forma extraña.

Norman señaló la pantalla:

– ¿A qué profundidad está ese buzo?

– No sé. Trescientos, cuatrocientos metros, algo así.

– ¿Y qué encontraron?

– Hasta ahora nada más que la gran aleta de titanio. -El oficial echó un rápido vistazo en derredor-. Ahora no se capta en ningún monitor. Bill, ¿puede mostrarle la aleta al doctor Johnson?

– Lo siento, señor -dijo el técnico-. La PrinOpComs actual está trabajando al norte de aquí, en el cuadrante siete.

– Ah. El cuadrante siete está a casi ochocientos metros de la aleta -dijo el oficial a Norman-. ¡Qué lástima! Es algo impresionante. Pero la verá más tarde, estoy seguro. Por aquí llegaremos a donde está el capitán Barnes.

Caminaron un rato por el corredor; entonces, el oficial preguntó:

– ¿Conoce usted al capitán, señor?

– No. ¿Por qué?

– Tan sólo deseaba saberlo. Él estaba muy ansioso por conocerle a usted; cada hora llamaba a los técnicos en comunicaciones para que le informaran de cuándo llegaba usted.

– No -respondió Norman-. Nunca lo he visto.

– Es un hombre muy agradable.

– No me cabe duda.

El oficial echó un rápido vistazo por encima del hombro y comentó:



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