
– No sé si sabe que corre un dicho acerca del capitán.
– ¿Ah, sí? ¿Cuál?
– Dicen que perro que ladra, no muerde.
Cruzaron otra puerta, en la que se leía «Comandante del Proyecto». Debajo de esa inscripción había una placa corrediza que rezaba «Cap. Harold C. Barnes, USN». El oficial se hizo a un lado y Norman entró en un camarote dividido por tabiques. Detrás de una pila de legajos se puso de pie un hombre fornido, en mangas de camisa.
El capitán Barnes era uno de esos militares que, por su buen estado físico, hacían que Norman se sintiera gordo y desmañado. Hal Barnes frisaba los cuarenta y cinco años. Tenía erguido porte militar, expresión alerta, cabello corto y vientre plano, y el apretón de manos fue tan firme como el de un político.
– Bienvenido a bordo del Hawes, doctor Johnson. ¿Cómo está usted?
– Cansado -contestó Norman.
– No lo dudo. ¿Vino desde San Diego?
– Sí.
– De modo que han sido unas quince horas. ¿Quiere descansar un rato?
– Me gustaría saber qué está pasando -planteó Norman.
– Es muy comprensible. -Barnes asintió con la cabeza-. ¿Qué le dijeron?
– ¿Quiénes?
– Los hombres que lo recogieron en San Diego, los pilotos que lo trajeron aquí, los hombres de Guam. Quienquiera que sea.
– No me dijeron nada.
– ¿Y se vio con algún reportero, con alguien de la Prensa?
– No, en absoluto.
Barnes sonrió:
– Bien. Me complace oír eso. -Con un movimiento de la mano, le indicó un asiento a Norman; el cual se sentó complacido-. ¿Le apetece tomar un café? -preguntó Barnes.
Cuando se dirigía a una cafetera eléctrica que tenía detrás de su escritorio, se apagaron las luces. La habitación quedó a oscuras, excepto por la claridad que llegaba desde una portilla lateral.
– ¡Maldición! -exclamó Barnes-. ¡Otra vez, no! ¡Emerson! ¡Emerson!
Un alférez entró por una puerta que había al costado del camarote.
