– No me parece que lo cuides demasiado bien -dijo él en tono mordaz, haciéndola sonrojarse.

– No y lo siento. Se me ha escapado y no he podido alcanzarlo. Por lo general, no lo dejo suelto cerca de la casa.

– Eso espero -dijo él, mirando con disgusto al chucho que sujetaba-. Lo único que me faltaba era un perro corriendo a su antojo por aquí.

– No volverá a suceder -prometió ella en un hilo de voz, mientras retrocedía hacia el pasillo.

– Asegúrate de que no. Ten, ponle la correa antes de que destroce algo.

Pandora se agachó, pero antes de que pudiera sujetarlo, Homer vio al oso que estaba tras ella y rompió a ladrar mientras se lanzaba hacia el animal disecado. Ran lanzó un juramento desagradable.

– ¿Es que no puedes controlar a este perro?

– ¡Homer! -suplicó ella.

Sin embargo, el chucho hizo una finta para evitarla y fue a chocar contra la peana endeble que soportaba el jarrón chino. Los acontecimientos se sucedieron a cámara lenta. El pie osciló de un lado a otro antes de volcar lentamente y el jarrón empezó a caer en una curva elegante. Pandora miraba horrorizada, hasta que obligó a su cuerpo paralizado a entrar en acción, aunque demasiado tarde para atraparlo. Con los brazos extendidos, cayó sobre las rodillas al mismo tiempo que la frágil porcelana se hacía añicos contra el suelo de piedra.

Hubo un momento de silencio y quietud absolutos. Pandora cerró los ojos, no se atrevía a hablar ni a moverse.

– ¿Sabes lo que has hecho?

Las palabras no eran especialmente fuertes, pero el tono fue tan salvaje que Pandora hizo una mueca y abrió los ojos. Ran estaba agachado junto a ella, recogiendo reverentemente los pedazos más grandes. A pesar del bronceado, estaba pálido y los ojos grises llameaban con furia.



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