– Yo…

– ¿Tú, qué? ¿Lo sientes?

Su voz era como un látigo. Ella asintió miserablemente.

– ¿Tu perro acaba de romper un jarrón que vale treinta mil libras y tú lo sientes?

Ahora fue ella quien se puso pálida.

– ¿Treinta mil…?

– Treinta mil libras -confirmó él con los dientes apretados-. Ayer mismo vino a verlo un anticuario. Iba a venderlo para pagar la restauración de la casa. No creo que me den mucho por él ahora, ¿verdad?

Por supuesto, Pandora se ofreció a pagárselo. Ran la miró de arriba abajo, fijándose en su falda vieja y en la rebeca agujereada y le preguntó desdeñosamente si tenía las treinta mil libras. Pandora se sintió enferma con sólo pensar en aquella enorme suma de dinero. No había manera de que pudiera conseguir ni la décima parte. Apenas se mantenía con lo que ganaba con su cerámica y no quería ni pensar en pedírselo a sus padres. Ya habían sufrido bastante para costearle los estudios en la escuela de arte.

Ran, intuyendo su situación financiera sin dificultad alguna, anunció con brusquedad que se pondría en contacto con los William directamente. Homer era su perro y al menos tenían una casa que vender. Desesperada, Pandora le suplico para que le dejara intentar reunido ella. Le debía mucho a su madrina, ¿cómo iba a agradercérselo endosándole una deuda semejante?

Sí, ¿pero cómo iba a pagarle a Ran Masterson?

Tras cuatro días de agonía, Pandora no se hallaba más cerca en encontrar una solución. Y ahora, en aquella tarde lluviosa de junio, lo tenía sentado delante, esperando que ella convenciera a unas desconocidas de que era su esposa.

– ¿Bien? -dijo con voz despiadada-. ¿Vas a pagarme tu deuda o tengo que avisar a mi abogado para que llame a los William?

Pandora se mordió los labios.

– A ver si lo he entendido bien. Si accedo a convencer a esas americanas de que soy tu mujer, te olvidarás del jarrón, ¿no es eso?

– Exactamente.

– ¿Puedes permitirte renunciar a una cantidad de dinero tan grande? -insistió sabiendo que no era prudente mirarle los dientes al caballo, pero incapaz de superar sus recelos.



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