– ¡Qué demonios está pasando aquí? -preguntó furioso.

Pandora vio fugazmente unos rasgos morenos y presintió su fuerza y su exasperación mientras trataba de hacerse sin éxito con el díscolo animal.

– Lo siento mucho… -dijo por encima de los ladridos.

Se incorporó y se apartó el pelo de la cara, para encontrarse mirando a un hombre de ojos grises que la miraban furiosos, con una complexión que parecía pedir a gritos horizontes vastos y abiertos. Parecía que hubiera estado conduciendo por un camino de polvo en un Jeep destartalado o montando un caballo, entornando los ojos al sol en vez de hallarse en aquel salón extraño y abigarrado. Pandora tuvo que tragar saliva.

– Lo siento -repitió.

Trató de nuevo de alcanzar a Homer, pero el hombre se le adelantó. Sujetó al perro por el collar y le ordenó que se sentara con una voz imperiosa. Para asombro de Pandora, Homer obedeció.

– ¡Oh, gracias! -dijo en un suspiro y le sonrió aliviada al desconocido.

Pandora poseía una sonrisa particularmente dulce, pero no tuvo ningún efecto sobre aquel hombre.

– ¿Quién eres? -preguntó él sin la menor consideración-. ¿Qué estás haciendo en mi casa?

A pesar de su azoramiento, Pandora lo contempló con renovado interés.

– ¿Tu casa? Entonces debes ser el sobrino de Eustace Masterson.

– Soy Ran, sí -dijo él en un tono irritado y frío-. Ya sé quien soy, sin embargo, todavía no sé quién eres tú.

– Me llamo Pandora Greenwood.

Pensó que debía estrecharle la mano, pero la expresión de Ran distaba de ser amistosa, de modo que optó por cerrarse la rebeca.

– Somos vecinos. Vivo en los antiguos establos, al final de la avenida.

Si a Ran le agradaba conocer a su nueva vecina, lo disimuló perfectamente. Frunció el ceño.

– El abogado me dijo que los dueños de los establos eran una pareja que se llamaba William.

– John y Celia. Celia es mi madrina. A John le han concedido una cátedra como ponente invitado en una universidad de Texas y yo cuido de Homer mientras ellos están fuera.



9 из 134