Hizo una pausa y la miró ceñudo. Pandora se dio cuenta de que no le costaba trabajo creer que un país pusiera su futuro en manos de un hombre como Ran Masterson. Había un aire de eficacia dura y dinámica en torno a él que era inquietante y tranquilizador al mismo tiempo. Era la clase de hombre que todo el mundo desea tener a su lado, la clase de hombre capaz de resolver cualquier problema, acostumbrado a hacer las cosas a su manera, incapaz de soportar las torpezas. No era la clase de hombre que quisiera tener como enemigo por haber hecho añicos uno de los tesoros de su familia.

Aquel pensamiento la hizo volver al presente con un escalofrío. Seguía sin entender por qué tenía que reparar aquella deuda fingiendo ser su mujer. Contempló abstraída aquella boca dura y firme, y una extraña sensación sacudió su espina dorsal. Todo aquello era absurdo, por supuesto. Absurdo y peligroso, inquietante y alarmante, inexplicablemente fácil de visualizar.

– ¿Qué tiene que ver todo eso conmigo? -preguntó ella casi sin aliento.

– Ahora llego a eso. Dado que tengo un trabajo importante en África y que no puedo vender Kendrick Hall, he decidido que lo mejor que puedo hacer es convertirlo en una casa de invitados exclusiva. Me han dicho que los turistas extranjeros están dispuestos a pagar por el privilegio de alojarse en una mansión antigua como si fueran invitados particulares. Es más sencillo y menos caro que tratar de organizar un hotel. Una persona me ha puesto en contacto con una agencia americana y las directoras y han venido a echar un vistazo esta mañana.



4 из 134