Ran se detuvo, remiso a continuar.

– ¿Y? -le apremió ella, sin saber muy bien adonde iba a aparar todo aquello.

– Y les ha gustado mucho. La casa necesita unas reformas considerables, naturalmente, pero una vez que haya sido modernizada y redecorada, creen que sería perfecta para sus clientes. Sólo ha habido un problema.

– ¿Cuál? -preguntó Pandora, con el presentimiento que allí era donde ella entraba en la historia.

– Los directores creen que su clientela preferiría que yo tuviera una esposa que hiciera de anfitriona -dijo él, escogiendo sus palabras con cuidado-. Cuando concluya la reforma, planeo contratar un matrimonio que se encargue de atender la casa, cocinar y todo lo demás. Desafortunadamente, Myra y Elaine, las dos directoras, dieron por sentado que yo sería el anfitrión. Por lo visto, la idea es que los clientes se sientan invitados de la familia. Me he dado cuenta de que han estado a punto de rechazarme al enterarse de que no estaba casado, pero habiendo llegado tan lejos, que me cuelguen si estaba dispuesto a rendirme. Entonces, les dije que había habido un malentendido y que sí estaba casado, sólo que mi mujer no estaba en casa en ese momento.

Pandora lo miró con incertidumbre.

– Eso debe haber sonado un poco raro.

– Las convencí de que acabábamos de regresar de África y de que ella había ido a visitar a su familia. Algo bastante razonable. Por desgracia, entonces cometí el error de decir que mi esposa tenía que volver la semana próxima y que era una pena que no pudieran conocerla -dijo él y suspiró exasperado al recordarlo-. Eso le dio ocasión a Elaine para sugerir que volverían cuando regresaran de Edimburgo, que sería una buena oportunidad para volver a ver Kendrick Hall y conocerte a ti.

– ¿A mí?

– Les dije que mi mujer se llamaba Pandora -anunció él, mirándola directamente a los ojos.

Pandora sintió que el corazón se le subía a la garganta.



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