
– ¿Qué diablos te ha hecho darles mi nombre? -preguntó alzando la voz.
Por primera vez, Ran no parecía tan seguro de sí mismo.
– De repente me acordé de ti.
Ran la miró entrecerrando los ojos, como si tratara de rememorar la visión de una muchacha esbelta, con una cara en forma de corazón, unos grandes ojos azul violeta y una cascada de pelo suave y negro que le había asaltado en aquel instante. Un brillo extraño relampagueó un segundo en sus ojos antes de ser sustituido por una mirada de disgusto al constatar la realidad que tenía ante sí. Pandora tenía una mejilla manchada de arcilla, se había recogido el pelo descuidadamente y le caía a mechones sobre la cara. Además, su vieja rebeca beige tenía agujeros en ambas coderas.
– La verdad, no me explico cómo he podido acordarme de ti -dijo él, bajando la vista a sus manos-. Eres la última persona a quien asociaría con la idea de casarme, pero tenía que pensar en alguien deprisa y no se me ocurrió nadie más.
– ¡Encantador! -masculló ella, vagamente ofendida.
No se trataba de que tuviera un deseo especial de caerle bien a su vecino, pero si pretendía que ella se hiciera pasar por su esposa podía haberse mostrado un poco menos desdeñoso.
– De cualquier modo, cuando he tenido tiempo de pensarlo, no me ha parecido una idea tan estúpida. Sólo hace una semana que he llegado y no conozco a nadie en esta parte del país, a la única chica que podía pedírselo se encuentra en los Estados Unidos. Por lo menos tú tienes la ventaja de que también eres nueva aquí, ¿o ya te has echado novio para acabar de fastidiar las cosas?
Su tono dejaba bien claro que no le parecía posible que ningún hombre pudiera interesarse por una alfarera desaliñada con las mangas andrajosas.
Pandora se cerró la rebeca ofensiva en torno al cuerpo en un gesto inconsciente y defensivo. Le gustaba mucho aquella rebeca.
– Todavía no he tenido tiempo de conocer a nadie.
