Sin embargo, deseó haber podido admitir que había una cola de amantes destrozados esperándola para poder igualar a aquella chica que se encontraba en América y que él tan casualmente había mencionado.

– Bien, entonces, ¿qué? -dijo él, consultando su reloj, como si aquello diera por zanjada la cuestión-. Puede que para ti sea un poco duro portarte como una esposa normal, sin embargo, sólo serán veinticuatro horas, de modo que no deberías tener problemas.

– ¿No se lo puedes pedir a otra? -refunfuñó ella-. La verdad es que estoy muy ocupada. Faltan menos de tres semanas para la exposición de cerámica.

No quiso disimular una nota de orgullo en su voz pensando que a Ran Masterson no le vendría mal saber que ella era lo bastante buena como para exponer en solitario. Ran no pareció impresionado.

– No te estoy pidiendo que finjas ser mi esposa, Pandora. Te lo exijo.

– ¡No puedes! -protestó ella.

Pandora intentó levantarse, pero él le sujetó la muñeca por encima de la mesa con una mano de acero. Sintió aquello dedos fuertes y cálidos sobre su piel y, aunque él no ejercía fuerza, Pandora se encontró volviendo a sentarse. Ran retiró la mano y ella clavó los ojos donde él la había sujetado. La muñeca le hormigueaba, le escocía como si su contacto la hubiera quemado.

– Además, no tienes de dónde sacar las treinta mil libras que me debes, ¿no? -dijo con voz suave-. ¿O ya has olvidado ese pequeño incidente?

Nada le habría gustado más.

Había sido culpa suya por llevar a Homer sin correa. Celia le había advertido que no lo dejara entrar en los jardines de Kendrick Hall, pero cuando volvían a los establos, Pandora estaba agotada de que la llevara a rastras por las sendas desiertas. Tenía a la vista la puerta de los establos reconvertidos en vivienda, cuando decidió soltar al perro, suponiendo que saldría corriendo para esperar su galleta allí. Por el contrario, había lanzado un ladrido excitado y bajando la nariz al suelo, había echado a correr en sentido contrario, hacia la mansión.



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