No por primera vez, Pandora deseó que su madrina se sintiera más inclinada por los chihuahuas en vez de por los chuchos grandes y desobedientes que eran la desesperación de la sociedad protectora de animales. Lo había llamado, pero, tal como esperaba, no le prestó la menor atención, de modo que echó a correr tras él resignadamente sin tener la menor sospecha de que su vida iba a cambiar por completo.

Pandora no se preocupó demasiado, no había nadie a quien Homer pudiera molestar. Kendrick Hall estaba vacío desde que el viejo Eustace Masterson muriera y, aunque por la oficina de correos corría el rumor de que lo había heredado un sobrino, todavía no había dado señales de vida.

No fue hasta que abrió la puerta principal que empezó a fallarle la confianza y, cuando oyó los ladridos en el interior de la casa, volvió a lanzarse a la carrera.

– ¡Homer! ¡Ven aquí enseguida!

Se detuvo patinando en el pasillo. Desembocaba en un gran salón, atestado con una colección tan extraordinaria de trastos que Pandora se olvidó de sentirse aliviada de que no hubiera nadie para ver el ridículo de Homer y simplemente se quedó allí con la boca abierta. Los elevados muros de piedra estaban adornados con cornamentas cubiertas de polvo, peces disecados y una triste colección de trofeos de caza que incluía un lúgubre búfalo de agua y un despliegue mareante de armas. Una araña, enorme y sombría, colgaba del techo y toda la estancia estaba llena de muebles de madera, pesados y antiguos, con alguna armadura aquí y allá, un jarrón chino exquisito y una pitón horriblemente real, enroscada en torno a un tronco. En mitad de todo aquello estaba Homer, ladrando furiosamente a un oso disecado de tamaño descomunal.

Pandora trató de recuperarse.

– ¡Homer! -lo llamó con firmeza avanzando hacia él.

Pero el chucho la esquivó y estuvo a punto de chocar con un hombre que acababa de aparecer por una puerta lateral.



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