A menos de sesenta metros más abajo vio la cuerda. Se retiró la visera de la capucha y se puso las gafas de sol; entonces empujó la portezuela con el hombro. No estaba seguro de lo que se iba a encontrar, pero esperaba lo mejor.

Agarró una botella de oxígeno que llevaba en el avión para vuelos a gran altitud y avanzó por la nieve siguiendo la cuerda. Por encima de su cabeza oía el ronroneo del motor de la avioneta de Skip que trazaba círculos en el aire mientras buscaba un sitio donde aterrizar. Joe tiró de la cuerda.

– ¿Alguien me oye?

Oyó un sonido débil como respuesta.

– Oh, Dios. Me había parecido oír un avión. Me he enredado con las cuerdas. Tendrá que sacarme.

Joe se sentó en la nieve y clavó los talones en la superficie helada, entonces agarró las cuerdas y empezó a tirar de la alpinista. Para alivio suyo, no era una mujer grande, y era lo suficientemente fuerte como para ayudarlo. Finalmente la capucha de su cazadora apareció en la nieve delante de él.

Cuando Joe llegó hasta la mujer, ella se había desmayado. Colocó la máscara sobre su cara medio congelada y le ordenó que respirara. Entonces le retiró las gafas de sol y vio cómo entreabría los ojos despacio. Una sonrisa débil asomó a sus labios.

– ¿Es usted real? dijo ella con voz ronca.

Joe esbozó la sonrisa más encantadora para la mujer, aunque quedara escondida bajo el cuello levantado de su cazadora de plumón. Sus mejillas y su nariz casi congeladas no ocultaban la belleza del rostro de la mujer.

– Sí, soy real. Y usted tiene mucha suerte de estar viva.

– Nunca pensé que llegaría a salir de esa grieta -murmuró con su acento musical-. He pasado ahí la noche, apenas consiguiendo sujetarme.



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