—Fueron ellos quienes me contaron lo de los caballos y la segadora. Así es que un día subí al lugar indicado y me puse a excavar en los pastos de los Wallace. Encontré una calavera de caballo y algunos huesos.

—Pero no había forma de saber si pertenecían a uno de los caballos de los Wallace.

—Quizá no —dijo Lewis—. Pero también encontré parte de la segadora. No quedaba gran cosa de ella, pero sí lo bastante para identificarla.

—Volvamos a la historia de su vida —apuntó Hardwicke—. Después de la muerte de su padre, Enoch se quedó a vivir en la casa solariega. ¿No la abandonó nunca?

Lewis denegó con la cabeza.

—Sigue viviendo en la misma casa. Nada ha cambiado. Y la casa al parecer, no ha envejecido más que su habitante.

—¿Ha estado usted en la casa?

—En ella, no. Junto a ella. Le diré cómo es.

III

Tenía una hora. Sabía que tenía una hora, porque había cronometrado los movimientos de Enoch Wallace durante los últimos diez días. Y desde el momento en que se iba de la casa hasta que regresaba con el correo, nunca había transcurrido menos de una hora. A veces un poco más, cuando el cartero se retrasaba o ambos se ponían a hablar. Pero una hora, se dijo Lewis, era todo el tiempo de que podía disponer.

Wallace había desaparecido por la ladera, en dirección al peñasco que se erguía al borde del acantilado, y al pie del cual discurría el río Wisconsin. Trepaba por el peñasco y permanecía allí de pie, con el rifle bajo el brazo, contemplando la bravía soledad del valle fluvial. Luego volvía a bajar por las rocas y caminaba por el sendero que cruzaba el bosque hasta el lugar donde en primavera crecían las nicaraguas rosadas, y desde allí emprendía de nuevo el ascenso de la colina, hasta el manantial que brotaba de la ladera, al pie mismo del viejo campo que estaba en barbecho desde hacia más de un siglo, para seguir luego por la ladera hasta salir a la carretera casi cubierta por la maleza y llegar por último al buzón.



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