
Durante los diez días que Lewis se dedicó a observarle, su ruta no varió jamás. Y era probable, pensaba Lewis, que tampoco hubiese variado en el transcurso de los años. Wallace nunca tenía prisa. Andaba como si dispusiese de todo el tiempo del mundo. Y se detenía frecuentemente para saludar a sus viejos conocidos… un árbol, una ardilla, una flor. Era un hombre recio y curtido, que aun conservaba mucho del soldado… viejas artimañas y costumbres que le habían quedado de los amargos años de la guerra, en que había combatido bajo tantos jefes. Caminaba con la cabeza muy erguida, sacando el pecho, y se movía con el paso suelto y fácil del hombre acostumbrado a las duras marchas.
Lewis salió de la enmarañada espesura que antaño fuera un huerto y en la que algunos árboles frutales, retorcidos, contrahechos y cenicientos por la edad, aún daban su mísera y amarga cosecha de manzanas.
Se detuvo en el lindero del bosquecillo y contempló por unos instantes la casa que se alzaba en lo alto de la colina. Por un momento le pareció verla bajo una luz especial, como si una esencia rara y más destilada del sol hubiese cruzado el abismo de los espacios para hacer brillar aquella casa y distinguirla de todas las demás casas del mundo. Bañada en aquella luz, la casa parecía algo sobrenatural, como si en realidad fuese algo especialísimo, distinto a todo. Pero después aquella luz, si es que de verdad había existido, desapareció y la casa compartió la luz vulgar del sol con los campos y los bosques.
Lewis meneó la cabeza, diciendo para sus adentros que acaso fue una alucinación, o quizás una ilusión óptica. Porque el sol no tenía una luz especial y la casa no era más que una casa, aunque maravillosamente conservada.
Era una clase de casa que hoy se ve con muy poca frecuencia.
