– No tengo ninguno. Justo acabo de empezar con una nueva idea.

A veces sus libros comenzaban con esbozos sueltos, otras veces, con texto. Hoy se había inspirado en la vida real.

– ¡Cuéntamela, por favor!

Siempre compartían tazas de té Constant Comment antes de hacer cualquier otra cosa, y Molly se dirigió a la diminuta cocina que se encontraba en el extremo opuesto de su estudio para poner agua a hervir. Su minúsculo dormitorio estaba situado justo encima, dominando toda la vivienda. Los estantes de metal de las paredes estaban repletos de los libros que adoraba: su apreciada serie de novelas de Jane Austen, ejemplares andrajosos de las obras de Daphne du Maurier y Anya Seton, todos los primeros libros de Mary Stewart, junto con Victoria Holt, Phyllis Whitney y Danielle Steel.

Las estanterías más estrechas contenían hileras dobles de libros de bolsillo: sagas históricas, novelas románticas, novelas de misterio, guías de viajes y libros de consulta. También estaban representados sus escritores literarios favoritos, además de las biografías de mujeres famosas y algunas de las selecciones menos deprimentes del club de libros de Oprah, la mayoría de las cuales Molly las había descubierto antes de que Oprah las compartiera con el mundo.

Guardaba los libros infantiles que le gustaban en los estantes del dormitorio. Su colección incluía todas las historias de Eloise y los libros de Harry Potter, El estanque del Mirlo, algo de Judy Blume, Los niños del furgón, de Gertrude Chandler Warner, Ana de Green Gables, algún número de Las gemelas de Sweet Valley como diversión, y los destartalados libros de Barbara Cartland que había descubierto cuando tenía diez años. Era una colección digna de un ratón de biblioteca, y a sus sobrinos Calebow les encantaba acurrucarse en su cama con un montón de esos libros a su alrededor mientras intentaban decidir cuál leerían a continuación.

Molly sacó un par de tazas de porcelana con delicados bordes dorados y dibujos de pensamientos violetas.



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