
– Papá se pasa el día gritando, pero nunca le había oído gritarle a Kevin hasta hoy -informó Tess-. Y Kevin le ha contestado gritando. Le ha dicho que ya sabía lo que se hacía y que no se había lesionado y que papá no tenía por qué meterse en su vida privada.
Molly hizo una mueca de dolor.
– Seguro que eso no le ha gustado a tu padre.
– Entonces sí que ha gritado -dijo Julie-. El tío Ron ha intentado calmarles, pero ha entrado el entrenador y también se ha puesto a gritar.
Molly sabía que su hermana Phoebe sentía aversión por los gritos.
– ¿Qué ha hecho tu madre?
– Se ha encerrado en su despacho a escuchar a Alanis Morissette.
Probablemente había sido una buena idea.
Las interrumpió el martilleo de unas zapatillas deportivas: el sobrino de cinco años, Andrew, acababa de doblar la esquina al galope, casi como el Ferrari de Kevin.
– ¡Tía Molly! ¿Sabes qué? -dijo abrazándose a sus rodillas-. Todo el mundo gritaba y me duelen las orejas.
Como Andrew había sido bendecido no sólo con la buena presencia de su padre, sino también con la voz retumbante de Dan Calebow, Molly tuvo serias dudas acerca de la afirmación de su sobrino. Aun así, le acarició la cabeza.
– Pobrecito…
Él la miró con ojos afligidos.
– Y Kevin estaba taaaaan enfadado con papá, el tío Ron y el entrenador, que ha dicho una palabrota.
– Pues no debería haberlo hecho.
