
—Gracias. Eso no parece muy malo.
—No. Con su permiso, saldré con usted para conseguir muestras de la superficie. ¿Podemos colocar el taladro? Podemos conseguir fragmentos rocosos a una buena profundidad en menos de diez horas.
—Perfectamente. Si tardáis tiempo en recoger el equipo del taladro, yo quizá esté fuera antes de que lleguéis a la salida; pero cuando estéis listos, podéis salir. Decidle a Kervenser cuántos vais en el grupo para el diario.
—Gracias, capitán. Estaremos allí enseguida.
En su puesto Dondragmer se relajó; por supuesto, él no dejaría el puente hasta que no apareciese su relevo, aun con los motores parados. Kervenser tardaría unos minutos en llegar, puesto que él también tendría que entregar sus obligaciones normales a su relevo. Sin embargo, la espera no era aburrida. Había mucho sobre qué pensar. Dondragmer no era el tipo aprensivo (el sistema nervioso de los mesklinitas no reacciona así ante la incertidumbre), pero le gustaba pensar las cosas antes de hacerlas.
El hecho de que el Kwembly, si estuviese averiado, se encontraba a 16.000 o 19.000 kilómetros de socorro, era simplemente el fondo del asunto, no un problema especial. No resultaba muy diferente de la situación a que se había enfrentado en los vastos mares de Mesklin durante la mayor parte de su vida. La principal sacudida de la seguridad en sí mismo, normalmente plácida, era causada por la máquina que gobernaba. No se parecía en absoluto al flexible conjunto de balsas que era su idea de un barco. Le habían asegurado que flotaría si se presentaba la ocasión; realmente lo había hecho así durante las pruebas en el lejano Mesklin, donde había sido construida. Sin embargo, desde entonces había sido desarmada, depositada en un carguero y puesta en órbita alrededor de su mundo de origen, transferida en el espacio a una nave interestelar, transportada a otro carguero muy diferente después del salto de los tres parsecs y llevada a la superficie de Dhrawn antes de ser armada.
