Dondragmer en persona había supervisado el desgüazamiento y la reconstrucción del Kwembly y las demás máquinas, pero no así los pasos intermedios. Esta era la razón principal por la que ahora quería salir al exterior; por alta que fuese su opinión de Beetchermarlf y el resto de su escogida tripulación, le gustaba tener conocimientos de primera mano.

Por supuesto, no le mencionó esto a Kervenser cuando llegó al puente. Era algo que se sobrentendía. Además, el primer oficial presumiblemente sentía lo mismo.

—Se están llevando a cabo las revisiones. Los investigadores van a salir a excavar un pozo y yo voy a ver cómo está todo —fue cuanto Dondragmer dijo cuando le dejó su puesto—. Puedes hacerme señales con las luces exteriores si es necesario. Es todo tuyo.

Kervenser chasqueó alegremente dos de sus pinzas.

—Yo lo llevaré, Don. Diviértete.

El capitán salió a través de la escotilla por la que había entrado su relevo, que estaba todavía abierta, diciéndose a sí mismo mientras salía que Kervenser no era tan despreocupado como parecía.

La principal compuerta neumática estaba a veinte metros por detrás del puente, cuatro cubiertas más abajo. Dondragmer se detuvo varias veces en el camino para hablar con miembros de su tripulación que trabajaban entre las cuerdas, vigas y tuberías del interior del Kwembly. Cuando llegó a la salida, cuatro científicos, con su maquinaria de taladrar, estaban ya allí y habían comenzado a ponerse los trajes especiales. El capitán observó críticamente cómo contorsionaban sus largos cuerpos y numerosas piernas dentro de los transparentes envoltorios, hizo las pruebas de la tensión y comprobó sus suministros de hidrógeno y argón. Satisfecho, les señaló la compuerta y comenzó a vestirse. Cuando salió, los otros ya casi habían colocado sus aparatos. Les dirigió una breve ojeada mientras se detenía en la parte superior de la rampa que llevaba de la compuerta al suelo. Sabía lo que estaban haciendo y podía darlo por hecho, pero nunca podía despreocuparse así del tiempo. Incluso mientras pasaba la aldaba de la compuerta externa detrás de él, miraba hacia el suelo tanto como se lo permitía el prominente casco de su nave.



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