La oscuridad se acentuaba muy lentamente, mientras la rotación bimensual de Dhrawn alejaba más el débil sol bajo el horizonte. Como en su planeta nativo, éste parecía estar algo por encima del nivel de la vista a su alrededor. La atmósfera comprimida por la gravedad y responsable de este efecto haría también que las estrellas, cuando se hiciesen visibles, temblasen con violencia. Dondragmer miró hacia la proa, pero las estrellas gemelas que vigilaban el polo sur del firmamento, Fomalhaut y Sol, eran todavía invisibles.

Se veían unos pocos cirros moviéndose rápidamente hacia el oeste. Evidentemente, los vientos a trecientos o seiscientos metros de altura eran contrarios a los de la superficie, como era usual durante el día. Esto podría cambiar pronto, y Dondragmer lo sabía; a unos cuantos miles de kilómetros al oeste, la puesta del sol provocaría un cambio de temperatura mayor que aquí. En las próximas doce horas podría haber cambios en el clima. Exactamente qué clases de cambios era más de lo que su formación de marino mesklinita le permitía adivinar, aunque estuviese fortalecida por la meteorología y física alienígenas.

Sin embargo, por el momento todo parecía bien. Bajó por la rampa hasta la nieve, y noventa metros al este se acercó a la compuerta que estaba en el lado de estribor, en parte para asegurarse del estado del resto del cielo y en parte para conseguir una vista general de la máquina antes de comenzar una inspección detallada.

El cielo occidental no era más amenazador que el resto, y le dedicó sólo una breve ojeada.

El Kwembly tenía el aspecto de costumbre.



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