
El fondo plano del vehículo se encontraba casi a un metro de la nieve, sostenido por un conjunto casi continuo de ruedas portadoras de cadenas. Estaban fundidas individualmente y conectadas por un embrollado aparejo de finos cables que permitían al Kwembly girar en radio bastante corto, en un control de su tracción razonablemente completo. Las ruedas estaban separadas del casco propiamente dicho por algo que equivalía a un colchón neumático, el cual distribuía la tracción y se adaptaba a las pequeñas irregularidades del terreno.
Una figura semejante a una oruga progresaba lentamente a lo largo de un costado del vehículo. Probablemente Beetchermarlf continuaba su inspección del aparejo. Veinte metros más cerca del capitán había sido erigida la pequeña torre del taladro. Por encima, colgándose de los estribos que jalonaban el casco, aunque apenas podían verse desde la distancia del capitán, trepaban otros miembros de la tripulación, que inspeccionaban los orificios comprobando su tensión. Para un mesklinita, éste era un trabajo enervante. Para un ser criado en un mundo donde la gravedad polar era más de seiscientas veces la de la Tierra y donde incluso la gravedad bajo techo era un tercio de la misma, la aerofobia era un estado mental normal y saludable. La presión de Dhrawn, débil en comparación, pues era escasamente de cuatrocientos metros por segundo cuadrado, hacía que trepar fuese algo más llevadero, pero la inspección del casco era todavía la tarea menos popular. Dondragmer retrocedió reptando sobre la mezcla, fuertemente apretada, de cristales blancos y polvo castaño, interrumpida por arbustos bajos ocasionalmente, y subió por un costado para ayudar.
