– No -dijo Orme enseguida, apoyando la mano en el brazo de Monk, reteniéndolo con inusitada fuerza-. Si entramos ahí, no volveremos a salir.

Monk se enfadó. Tuvo ganas de discutir.

Pese al juego de las sombras en el semblante de Orme, su determinación era incontestable.

– El puerto no es el único lugar donde hay sitios en los que la policía no puede entrar -dijo a media voz-. No me venga con que la policía de tierra se mete en Bluegate Fields o en Devil's Acre, pues todos sabemos que no es así. Se trata de nosotros contra ellos, y nosotros no siempre ganamos.

Monk liberó su brazo, pero no se echó para atrás.

– No pienso dejar que ese cabrón se escape -dijo despacio y con toda claridad-. Asesinar a Fig sólo fue una punta de lo que hace, como el mástil de un buque naufragado que emerge de las aguas.

– Habrá una salida trasera -agregó Orme-. Seguramente más de una.

Monk estuvo a punto de espetarle que ya lo sabía, pero se mordió la lengua. Orme merecía capturar a Phillips tanto como Monk, quizás incluso más. Había trabajado con Durban en el caso desde el principio. La única diferencia era que la muerte de Durban no tenía nada que ver con él y mucho, en cambio, con Monk.

Continuaron por el callejón principal, alejándose del muelle con más rapidez. Había portales a ambos lados y a veces pasajes de menos de un metro de anchura, por lo general sin salida, de tres o cuatro metros de largo.

– Avanzará un poco más -dijo Orme con gravedad-. Por instinto. Aunque sea un cabrón muy espabilado.

– Tendrá amigos por aquí -concordó Monk.

– Y enemigos -apostilló Orme irónicamente-. Es un canalla. Vendería a cualquiera por cuatro peniques, así que dudo que espere favores. Probemos por ahí -sugirió, señalando a mano izquierda hacia un pasaje tortuoso que conducía de vuelta al muelle. Mientras hablaba fue avivando el paso, cual perro que volvía a olfatear su presa.



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