Monk no discutió, limitándose a seguirlo. No había espacio suficiente para caminar de lado. En algún lugar a su izquierda un hombre maldijo y una mujer lo insultó. Un perro se puso a ladrar, y delante de ellos oyeron pasos. Orme echó a correr, con Monk pisándole los talones. Había un arco bajo a la derecha, y alguien lo cruzó. El suelo estaba sembrado de piedras. Orme paró tan bruscamente que Monk chocó con él y se dio contra la pared, que rezumaba humedad procedente de un desagüe roto entre las sombras de arriba.

Orme avanzó de nuevo, ahora con mucho cuidado. Siempre eran ellos quienes debían estar en guardia. Phillips podía aguardar detrás de cualquier pared, cualquier soportal o entrada, navaja en mano. No dudaría en destripar a cualquiera que supusiese una amenaza para él. Un policía sólo podía matar para salvar su propia vida o la de alguien que se hallara en peligro de muerte. Y aun así tendría que demostrar que no había tenido otra opción.

Phillips podía estar huyendo en cualquier dirección a lo largo de los muelles, trepando a un barco por sus amarras o bajando una escalinata hasta una barcaza que lo llevara a la otra orilla del río. No podían quedarse escondidos allí para siempre.

– ¡Salgamos juntos! -dijo Monk con dureza-. No podrá con los dos a la vez. ¡Ahora!

Orme obedeció y se abalanzaron por la abertura, saliendo de golpe al repentino resplandor del sol. Phillips no estaba en ninguna parte. Monk fue presa de una sensación de fracaso tan amarga que le costó respirar, y notó un dolor en la boca del estómago. Había una veintena de lugares en los que Phillips podía haber desaparecido. Había sido una estupidez dar algo por sentado antes de tenerlo en una celda con la puerta cerrada y el cerrojo echado. Se había aferrado a la victoria demasiado pronto. Su arrogancia le hizo montar en cólera.



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