La tienda no estaba lo bastante adentrada en el callejón como para que Phillips se hubiese escondido allí. Monk pasó de largo. A continuación había un comercio de pintura. A través de las ventanas vio que dentro no había nadie. Orme lo seguía de cerca.

– El callejón siguiente no tiene salida -dijo Orme en voz baja-. Es posible que esté ahí metido, aguardándonos. -Era una advertencia. Phillips llevaba navaja y no dudaría en usarla-. Se enfrenta a la horca -prosiguió Orme-. El momento en que le pongamos las esposas será el principio del fin para él. Y lo sabe.

Monk se sorprendió sonriendo. Ya estaban muy cerca; muy, muy cerca.

– Lo sé -dijo casi entre dientes-. Créame, nunca he tenido tantas ganas como ahora de capturar a un criminal.

Orme no contestó. Siguieron avanzando despacio. Se oía movimiento delante de ellos, como si algo arañara los adoquines. Orme llevó la mano a la pistola.

Una rata marrón salió disparada de un pasaje lateral y pasó a un metro escaso de ellos. Oyeron un grito ahogado seguido de una maldición. ¿Phillips?

La quietud era absoluta. Estaba oscuro, y el olor empeoraba al sumársele el de la cerveza rancia de una taberna cercana. Monk avanzó más deprisa. Nada de aquello haría que Phillips aflojara el paso. Cuanto tenía que temer se encontraba a sus espaldas.

El callejón se bifurcaba, a la izquierda de regreso hacia el muelle, a la derecha adentrándose en un tortuoso laberinto. A mano derecha había un albergue para vagabundos; un hombre tuerto y barrigudo estaba repantigado en el umbral, con un viejo sombrero de copa en precario equilibrio sobre la cabeza.

¿Habría entrado allí Phillips? De súbito Monk cayó en la cuenta de los muchos amigos que Phillips podía tener en aquellos lugares: especuladores que dependieran de su negocio, proveedores y parásitos.



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