Quería arremeter contra alguien, pero el único culpable era él. Sabía que debía ser más fuerte, tener más control de sí mismo. Un buen jefe debía ser capaz de tragarse su propio enojo y pensar en el siguiente paso a dar, ocultar la decepción o la rabia, reprimir el sufrimiento personal. Durban así lo haría. Monk necesitaba estar a su altura, ahora más que nunca, habiendo perdido el rastro de Phillips.

– Vaya hacia el norte -ordenó a Orme-. Yo iré hacia el sur. ¿Dónde está Coulter?

Buscaba al hombre que habían dejado en el muelle. Dio media vuelta mientras hablaba, tratando de localizar una figura conocida entre los estibadores. Vio el uniforme oscuro en el mismo instante que Orme, y Coulter comenzó a agitar los brazos en alto.

Ambos echaron a correr hacia él, desviándose para eludir a un caballo con su carro y a un estibador que llevaba una pesada carga sobre los hombros.

– ¡Bajen la escalinata! -gritó Coulter, gesticulando hacia el agua de detrás del barco-. Está amenazando al gabarrero con una navaja. ¡Dense prisa!

– ¿Dónde está la patrullera? -preguntó Monk a voz en cuello, saltando por encima de un barril y cayendo sobre el adoquinado-. ¿Dónde están?

– Han ido tras él -contestó Coulter, volviéndose instintivamente hacia Orme. Normalmente ponía cuidado en ser muy correcto, pero con el acaloramiento de la persecución reaparecían los viejos hábitos-. Estarán acercándose a él. Las gabarras son lentas, pero tengo un transbordador aguardando aquí abajo. ¡Dese prisa, señor!

Pasó delante de regreso a la escalinata y comenzó a bajar sin volverse a comprobar que Monk y Orme lo siguieran.

Monk fue tras él. Debía elogiar a Coulter, no criticar su descuido en el protocolo. Bajó los peldaños cubiertos de limo tan deprisa como pudo y saltó a bordo del transbordador, acallando el chasco de que fueran los hombres de la patrullera quienes capturarían a Phillips. Sólo llegaría a tiempo de felicitarlos.



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