Con renovada ira, Monk veía venir lo que Phillips iba a hacer, pero no podía hacer nada para impedirlo. Se sintió tan inútil que le entró frío.

Dos brazas y seguían acercándose. Las gabarras venían directamente hacia ellos.

Phillips apartó la navaja del cuello del patrón y se la hincó a fondo en un costado del vientre. Manó sangre a borbotones y el gabarrero se desplomó al tiempo que Coulter saltaba a su lado. Phillips se apartó como pudo para quedar fuera de su alcance, vaciló un momento y acto seguido se lanzó hacia la primera gabarra de la hilada. No la alcanzó y cayó al agua, levantando un gran salpicón. Pero tras el primer impacto salió con dificultad a la superficie, abriendo frenéticamente la boca para tragar bocanadas de aire, sacudiendo brazos y piernas.

Coulter hizo lo que cualquier hombre decente habría hecho. Lanzó una sarta de maldiciones contra Phillips y se agachó para socorrer al gabarrero herido, juntando tanta tela como pudo con el puño y apretándola contra la herida mientras Orme se quitaba el chaquetón y luego la camisa, que dobló formando una compresa para detener la hemorragia en la medida de lo posible.

Los marineros de las gabarras habían sacado a Phillips del agua y ya estaban aumentando la distancia entre ellos y la barcaza a la deriva con el transbordador. Tanto si querían como si no, su peso y velocidad les impedían detenerse fácilmente. Phillips habría doblado el meandro de Isle of Dogs en cuestión de quince o veinte minutos.

Monk miró al gabarrero. Tenía el rostro ceniciento, pero si recibía asistencia médica a tiempo lograría salvarse. Eso era justamente con lo que Phillips contaba. En ningún momento había tenido intención de matarlo.

El patrón del transbordador estaba atónito, no sabía qué hacer.



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