
– Llévelo al médico más cercano -ordenó Monk-. Reme tan deprisa como pueda. Coulter, cuide de él. Orme, póngase el chaquetón, ayude a Coulter a trasladar a este hombre y luego venga conmigo.
– ¡Sí, señor!
Orme recogió su chaquetón. El barquero empuñó los remos.
Orme y Coulter procedieron con mucho cuidado. No fue tarea fácil trasladar al herido hasta el transbordador sin que Coulter dejara de sostener la compresa apretada contra la herida.
Manteniendo el equilibrio, Monk fue a sentarse ante el remo de la barcaza y lo asió con las dos manos. En cuanto Orme estuvo a bordo comenzó a bogar. Remar le resultó menos complicado de lo que esperaba. Le constaba, por fugaces recuerdos y cosas que le habían contado, que se había criado en Northumberland rodeado de barcas: mayormente de pesca y, cuando hacía mal tiempo, lanchas de salvamento. La tradición marinera estaba arraigada en su ser, confiriéndole un íntimo sentido de la disciplina. Uno puede rebelarse contra los hombres y contra las leyes, pero sólo un loco se rebela contra el mar, y sólo lo hace una vez.
– ¡No lo alcanzaremos! -exclamó Orme con desesperación-. Le ataría la soga al cuello con mis propias manos y abriría la trampilla.
Monk no contestó. Estaba haciéndose al peso y el movimiento del largo remo, y hallando el modo de girarlo para lograr el máximo impulso contra el agua. Por fin iban a favor de la corriente, aunque lo mismo les sucedía a las gabarras, que les llevaban una ventaja de no menos de cincuenta metros.
Orme no podía hacer nada por ayudar; era tarea de una sola persona. Se sentó desplazándose un poco hacia el otro lado para contrarrestar el peso de Monk, con la mirada al frente y el chaquetón del uniforme abrochado hasta arriba para ocultar hasta donde era posible que no llevaba camisa. Desde luego, no volvería a ponerse aquélla nunca más.
– Su eslora es mayor que la nuestra -señaló Monk con resuelto optimismo-. No pueden maniobrar entre los barcos anclados, en cambio nosotros sí. Ellos tendrán que rodearlos.
