
Estaban acortando distancias con la barcaza donde Phillips se agazapaba oculto a la vista, sin que el timonel hubiese reparado en su presencia. Otros veinticinco metros y estarían a la misma altura. Había cinco agentes en la patrullera, más de lo habitual, pero reducir a un hombre como Phillips tal vez requiriera el uso de esos efectivos adicionales. Lo buscaban por el asesinato de un niño de unos trece o catorce años de edad, Walter Figgis, conocido como Fig, un chaval flaco y de complexión menuda, rasgos que quizá fuesen los que le habían conservado la vida tanto tiempo. Phillips traficaba con niños desde los cuatro o cinco años de edad hasta que les cambiaba la voz y comenzaban a adquirir características corporales de adultos, dejando así de serles útiles en su particular parcela del mercado pornográfico.
El tajamar de la lancha patrullera cortaba el agua turbulenta. A unos cincuenta metros un yate avanzaba perezosamente río arriba, tal vez con destino a Kew Gardens. Banderines multicolores ondeaban al viento y se oía una mezcla de risas y música. Delante, un centenar de barcos, desde barcazas carboneras hasta clíperes de la carrera del té, permanecían anclados en el Upper Pool. Las barcazas iban y venían sin cesar, y los estibadores descargaban mercancías traídas desde todos los rincones de la tierra.
Monk se inclinó un poco hacia delante y tomó aire para instar a sus hombres a esforzarse más, pero cambió de parecer y se contuvo. Parecía no confiar en que estuvieran dando lo mejor de ellos mismos. Aunque de todos modos no era posible que tuvieran tantas ganas de capturar a Phillips como él. Era Monk, no ellos, quien había implicado a Durban en el caso Louvain, implicación que al final le había costado la vida. Y era a Monk a quien Durban había recomendado para ocupar su puesto cuando supo que se estaba muriendo.
Orme había servido con Durban durante años, pero si le contrariaba estar bajo las órdenes de Monk, jamás lo había demostrado.
