
La barcaza se hallaba tan sólo a unos nueve metros y aminoraba la marcha para ceder paso a otra que cruzaba por su proa, cargada de toneles de azúcar sin refinar procedentes de una goleta amarrada treinta metros más allá. El barco, al estar casi vacío, revelaba la línea de flotación, con el inmenso velamen recogido y plegado, y los palos desnudos oscilaban con el suave balanceo del casco.
La patrullera cabeceó al virar a babor mientras la otra barcaza cruzaba hacia estribor. El primer agente saltó a bordo, y luego el segundo, pistolas en mano.
El de Phillips era el único caso que Durban no había cerrado, permaneciendo, incluso en sus últimas notas, como una herida aún abierta en su mente. Monk había leído cada página del prontuario desde que lo heredara de Durban junto con el puesto. Allí estaban todos los datos: fechas, horas, personas interrogadas, respuestas, conclusiones, decisiones sobre los siguientes pasos a dar. Pero todas las palabras, su letra de trazos grandes y desgarbados, vibraban de sentimiento. Había en ellas una evidente ira mucho más profunda de la que podían explicar la mera frustración del fracaso o el orgullo herido por saberse burlado. Se trataba de una ardiente furia ante el sufrimiento infantil y de una honda piedad por todas las víctimas del comercio de Phillips. Y ahora también Monk se veía marcado por ella. Al concluir la jornada y marcharse a su casa seguía pensando en el caso. Invadía la paz de la hora de comer. Se entrometía en las conversaciones con su esposa Hester. Rara vez se había llegado a obsesionar tanto.
