
El médico de la policía había suturado los cortes que Phillips le había hecho en el brazo y la pierna, pero estaba magullado, mugriento y cubierto de sangre reseca. Había comprado una botella de excelente coñac para sus hombres, con quienes había tomado unos tragos. Había sido para toda la comisaría, de modo que a nadie se le notaron los efectos, pero le constaba que el aroma del aguardiente flotaba en torno a él. Sin embargo, ni siquiera se le ocurrió semejante cosa mientras daba un brinco, corría las últimas decenas de metros de Paradise Place y abría la puerta principal de su casa.
– ¡Hester! -llamó, antes incluso de cerrar la puerta a sus espaldas-. ¿Hester? -Sólo ahora se enfrentó con la posibilidad de que aún no estuviera en casa-. ¡Lo he capturado!
El silencio respondió a sus palabras.
Entonces oyó un taconeo en lo alto de la escalera y ella bajó a toda prisa, rozando apenas los peldaños. Llevaba el cabello medio despeinado, abundante, rubio y rebelde como siempre. Lo abrazó con toda su fuerza, que era considerable pese a su figura esbelta y a la ausencia de curvas pronunciadas que dictaba la moda.
Monk la cogió en brazos y la hizo volverse, besándola con toda la alegría fruto del triunfo y el repentino aumento de la fe en las cosas buenas. Casi toda su euforia se debía a la posibilidad de que Hester hubiese hecho bien al creer en él, no sólo en su destreza sino en su sentido del honor, en ese fondo bondadoso de su persona que cabía valorar y conservar para amarlo.
Y, finalmente, la captura de Phillips significaba que Durban también había hecho bien al confiar en él, cosa de la que ahora se daba cuenta y que también revestía su importancia.
Capítulo 2
Un atardecer, casi dos semanas después de la captura de Jericho Phillips, sir Oliver Rathbone regresó temprano de su bufete en los Inns of Court
