Sin duda, Orme también vio tal posibilidad. Bogaba apoyando todo su peso contra el remo, gritando órdenes a los demás agentes. La patrullera avanzó con renovado impulso y la barcaza volvió a aparecer, todavía a una considerable distancia de ellos. Monk dio media vuelta para mirar el casco de la goleta, pero no había nadie en las sogas que colgaban de ambas bordas. Los estibadores de la cubierta seguían concentrados en la tarea de izar toneles desde la bodega.

Para gran alivio de Monk, la patrullera se acercaba a la barcaza. Un par de minutos más y Phillips sería suyo. El interminable caso quedaría cerrado. Con Phillips detenido, sólo sería cuestión de aguardar a que la ley siguiera su curso.

La patrullera se situó al lado de la barcaza. De nuevo dos hombres armados la abordaron y al cabo de nada regresaron contrariados, negando con la cabeza. Esta vez también Monk renegó. Phillips no había trepado por el costado de la goleta, de eso estaba seguro. Por más ágil que fuera, ningún hombre sería capaz de encaramarse tan deprisa por un cabo en el poco tiempo que lo habían perdido de vista. Tampoco se habían cruzado con ninguna barcaza que se dirigiera hacia la ribera norte. Phillips sólo podía haber escapado hacia el sur.

Indignados, remando con los hombros tensos, los hombres condujeron la patrullera por debajo de la popa de la goleta, derecha hacia el oleaje de una fila de barcazas que remontaba el río. La embarcación cabeceó al dar el viraje, y la proa golpeó el agua con una sacudida, levantando un roción. Monk se aferró a las bandas, gruñendo entre dientes al ver que otra barcaza se dirigía al sur, hacia Rotherhithe.

Orme la vio también y dio la orden pertinente.



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