Se abrieron camino zigzagueando entre el tráfico. Un transbordador cruzó veloz por delante de ellos; los pasajeros iban apiñados para resguardarse del viento. En el aire flotaban retazos de música procedentes de un yate. Esta vez la barcaza llegó al muelle unos diez metros antes que ellos, que vieron a la ágil figura de Phillips, con el pelo y los faldones al viento, saltar desde la popa al pasar ante la escalinata de East Lane Stairs. Aterrizó en el escalón más bajo, lleno de limo depositado por la marea. Se tambaleó un momento, agitando los brazos como aspas de molino, y luego cayó de lado, dándose un buen golpe contra la pared de piedra cubierta de algas verdes. La caída tuvo que dolerle, pero sabía que la patrullera lo seguía de cerca y el miedo fue suficiente acicate para hacerlo subir a gatas hacia el muelle. Fue una maniobra carente por completo de dignidad, y un par de marineros se mofaron de él, pero también fue sumamente rápida. Cuando la patrullera rebotó contra la piedra, Phillips ya estaba en lo alto de la escalinata. Echó a correr hacia la dársena de Fore and Aft Dock, con sus cajones de alfarería española descargados sin orden ni concierto entre toneles marrón oscuro y pilas más claras de madera en crudo. El hedor de las pieles sin curtir preñaba el aire, mezclado con el nauseabundo dulzor del azúcar sin refinar y el embriagador aroma de las especias. Al otro lado de las mercancías comenzaba Bermondsey Road y todo un laberinto de calles y callejones llenos de albergues, casas de empeños, tiendas de efectos navales, tabernas y burdeles.

Monk vaciló sólo un instante, temeroso de dislocarse un tobillo, de las risotadas de los estibadores y los marineros si llegaba a caer al agua, y de lo idiota que se sentiría si Phillips escapaba porque sus hombres tuvieran que demorarse para sacarlo del río. Pero no había tiempo para tales consideraciones. Se levantó, notó que la patrullera se inclinaba y se lanzó hacia la escalinata.



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