
Cayó con torpeza. Sus manos golpearon piedra y algas, pero el ímpetu del salto lo impulsó hacia delante. Le resbaló un pie y se dio un golpe seco en la rodilla contra el siguiente escalón. Lo atravesó una punzada de dolor, pero ningún aturdimiento le impidió erguirse y subir en pos de Phillips, casi como si se hubiese propuesto saltar a tierra del modo en que lo había hecho.
Llegó a lo alto de la escalinata y vio a Phillips a unos diez metros de él, corriendo hacia los montones de oscuros toneles de madera y el cabestrante que había detrás. Los estibadores que los descargaban de una barcaza amarrada no repararon en ellos. Algunos iban a pecho descubierto y el sol les hacía relucir el sudor de la piel.
Monk echó a correr por el muelle. Al llegar a la altura de los toneles vaciló porque sabía que Phillips podía estar agazapado detrás de ellos con un trozo de madera o de tubo o, en el peor de los casos, con un arma blanca. Dio media vuelta y rodeó la pila por el otro lado.
Phillips sin duda había contado exactamente con eso. Se estaba encaramando a la larga barrera formada por un montón de fardos, subiéndola como un marinero treparía por un palo, palmo a palmo, con soltura. Volvió la vista atrás una vez, con un aire despectivo, y ya arriba se detuvo sólo un instante antes de saltar por el otro lado.
Monk no tenía más opciones que seguirlo o perderlo. Phillips podía muy bien abandonar su desdichado barco, y buscar un tugurio en la ribera donde esconderse por una temporada, para luego reaparecer al cabo de medio año. Sólo Dios sabía cuántos niños más sufrirían o incluso morirían en ese lapso de tiempo.
Trepando con torpeza por los fardos, más despacio que Phillips, Monk llegó arriba con alivio. Gateó hasta el otro lado y miró abajo. La caída era considerable, quizá de unos cinco metros. Phillips se hallaba a lo lejos, dirigiéndose hacia otros montones de carga: barricas de vino, cajas de especias y tabaco.
