Monk no iba a arriesgarse a saltar. Un tobillo roto supondría perder a Phillips sin remedio. Se colgó de las manos y luego se soltó, cayendo hasta el suelo. Dio media vuelta y echó a correr, alcanzando las barricas de vino justo cuando Phillips cruzaba a la carrera un trecho de muelle despejado hacia la sombra de la prominente popa de un barco amarrado junto a la grúa que lo iba vaciando de su cargamento de madera.

Un carro tirado por caballos se acercaba; sus ruedas atronaban sobre el irregular pavimento de piedra. Una cuadrilla de estibadores caminaba hacia la grúa; un par de holgazanes discutían sobre lo que parecía un trozo de papel. Había ruido por todas partes: hombres que gritaban, el chillido de las gaviotas, el triquitraque metálico de las cadenas, los crujidos de la madera, el constante chapoteo del agua contra el muelle. Había un inagotable movimiento del sol reflejado en el río, nítido y relumbrante. Los enormes barcos amarrados subían y bajaban. Hombres vestidos de gris y marrón se afanaban en tareas diversas. El aire estaba saturado de olores: la acritud del fango fluvial, la penetrante limpieza de la sal, el repulsivo dulzor del azúcar sin refinar, el hedor de las pieles sin curtir, del pescado y de las sentinas de los barcos, y, unos pocos metros más adelante, el cautivador aroma de las especias.

Monk se arriesgó. Phillips no intentaría llegar al barco; quedaría demasiado expuesto mientras subía por la banda, como una mosca negra sobre una pared marrón. Enfilaría hacia el otro lado y desaparecería en los callejones.

¿O se marcaría un farol? ¿O un doble farol?

Orme y uno de sus hombres le iban pisando los talones.

Monk se dirigió hacia el callejón que se abría entre dos almacenes. Orme respiró hondo y luego lo siguió. El tercer policía permaneció en el muelle. Había hecho aquello las suficientes veces como para saber que los hombres podían volver sobre sus pasos. Los estaría esperando.

El callejón, de apenas dos metros de anchura, bajaba unos peldaños, se plegaba hacia un lado y luego hacia el otro. La peste a orina ofendía al olfato de Monk. A la derecha había un proveedor de buques, su estrecho portal rodeado de rollos de cuerda, faroles, cornamusas de madera y un balde lleno de cepillos de cerdas duras.



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