En esos momentos era evidente que la enfermera Silverton estaba muy enfadada.

– Doctor Blaxton, no había ninguna necesidad de que despidiera a la doctora Rafter. La enfermera jefe de guardia me dijo lo que había pasado. Me contó que usted había despedido a Tina sin dejarle que se explicara siquiera… Jock, si tu madre pudiera verte ahora, se avergonzaría de ti.

Jock cerró los ojos. Se había pasado toda la noche del domingo atendiendo un parto. Toda la mañana del lunes en la consulta. La noche del lunes estaba a punto de acabar agotado. ¡No podía más!

– Ellen, yo no despedí a Tina -dijo, con los dientes apretados-. Fue ella quien se marchó. Y por lo que a mí concierne, me alegro de que así sea.

– Eso no es verdad.

– Sí que lo es. Es frívola, flirtea con los pacientes, es impuntual, incompetente y espera que el hospital se ocupe de su hija ilegítima debido a que ella es tan irresponsable que no se puede ocupar de la niña. O una tacaña, que no quiere pagar la guardería. No tengo ni idea de dónde estará el padre, pero tampoco me sorprendería que no supiera siquiera quién es.

Ellen se quedó mirándolo fijamente.

– Y ahora, si has terminado, ocúpate de decir al señor Macky que vaya buscando una sustituta para la doctora Rafter antes de irte -dijo Jock, con voz cansada-. Necesito desayunar algo y tengo consulta a las ocho.

– ¿Te golpeó? -preguntó Ellen, que por fin pudo hablar. En la mejilla de Jock se podía ver la marca de cuatro dedos, pero en el tono de la mujer no había ninguna compasión-. Bárbara me dijo que ella te había golpeado. ¿Te dio fuerte?

– Sí que lo hizo. Y debería denunciarla. De todas… Pero no pudo terminar. Ellen Silverton se adelantó y le dio una sonora bofetada en la otra mejilla.

– De parte de tu madre. Y mía también. Y ahora si quieres despedirme, adelante. Soy demasiado mayor para estar complaciéndolo, doctor Blaxton. De todos los arrogantes y autoritarios… Deberías avergonzarte. -Debería…



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