La casa estaba situada en las estribaciones de las montañas. Era un edificio destartalado rodeado de eucaliptos y helechos por todas partes.

Había gallinas flacas y una vaca de mirada triste que observó el coche de Jock. ¿Había llegado al lugar que buscaba? Jock estuvo a punto de darse la vuelta, pero oyó una risa procedente de la parte trasera de la casa. Era una voz infantil.

– Estoy viendo a Ally…

Entonces Tina salió desde detrás de la casa. Aunque no era la doctora limpia de bata blanca que Jock conocía. Iba vestida con unos vaqueros viejos y una camiseta. No llevaba zapatos y su pelo rojo flotaba al viento. En los brazos llevaba un bulto enrollado que sujetó con una mano para subir los escalones del porche de entrada a la casa corriendo.

– ¡Te hemos visto, Ally Maiden! Ahora te toca a ti -entonces Tina bajó los escalones de nuevo y se dirigió hacia un lado de la casa, donde había un pequeño que comenzó a gatear tras ella.

Todavía con el bulto en uno de los brazos, tomó al pequeño y lo puso en la cadera con la mano libre.

– ¿Qué te parece, Tim? Hemos encontrado a Ally -dijo Tina, con una sonrisa de triunfo y dando una vuelta completa para regocijo del pequeño.

Pero Tim había visto a Jock y miraba el coche deportivo con la boca abierta.

– Un coche, tía Tina. ¡Un coche!

La tía Tina se dio la vuelta y se quedó helada. No vio el coche deportivo, sólo vio a Jock. Al doctor Jock Blaxton en persona. ¡Jock Blaxton allí! Su peor pesadilla la perseguía. Entonces Ally llegó corriendo. Era una niña de unos cuatro años con el mismo cabello de su tía.

– Creí que nunca me encontrarías. Estuve mucho tiempo escondida…

Entonces también ella vio a Jock. Se detuvo y miró… y luego se dirigió a Tina y la tomó de la mano. Ésta sólo quería meterse en la casa y cerrar la puerta. Aunque si cerraba de un portazo, la casa se caería en pedazos, pensó con amargura. No había ningún lugar seguro donde esconderse. Si se hiciera realidad el cuento del lobo que tira una casa soplándola, esa sería la casa.



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