
Jock caminó por el sendero que llegaba a la casa. El viento movía su pelo oscuro y sus ojos azul oscuro estaban entrecerrados para evitar el sol de la tarde. Era un lobo de verdad. Tina retrocedió un paso y los niños se agarraron más a ella. Parecía asustada, pensó Jock. ¿Por qué?
– ¿Tina? -dijo, deteniéndose al pie de las escaleras, observando al pequeño grupo.
Tina prefería que no subiera las escaleras. Parecían a punto de derrumbarse.
– Sí, soy yo -dijo, con una voz fría.
Luego se volvió hacia su sobrina, como si buscara algo que decir.
– Ally, éste es el doctor Blaxton. Es el hombre del que te hablé esta mañana. Doctor Blaxton, ésta es mi sobrina Alison, la llamamos Ally. Y éste es mi sobrino Timothy.
Jock notó los dos pares de ojos que lo miraban juzgándolo. La pequeña alzó la barbilla desafiante, como si lo conociera bien.
– Hiciste llorar a mi tía Tina -dijo severamente-. No nos gustas, doctor Blaxton. Aunque tengas un coche bonito creo que es mejor que te vayas.
Jock tragó saliva. Desde luego no se lo ponían fácil.
– No quería hacer llorar a tu tía.
– ¿Entonces por qué lo hiciste?
– Me equivoqué.
Seis ojos lo miraban, bueno, ocho contando al bebé apretado contra el pecho de Tina. Todos eran de un verde intenso y todos tenían la misma luz detrás. Todos eran pelirrojos. Parecía que los niños eran hijos de la muchacha.
– ¿Has venido a decirle que lo sientes? -preguntó Ally con curiosidad.
– No hace falta que diga que lo siente, Ally. No quiero sus disculpas.
– Te hizo llorar.
– Yo fui tonta. Tonta por enfadarme. El doctor Blaxton no tiene nada que ver con nosotros. No tenía por qué haber conseguido que llorara -entonces levantó también ella la barbilla y miró a Jock con ojos fríos y duros-. Por favor, váyase.
