
– Tina, lo siento -declaró Jock, con voz desesperada-. No tenía por qué haber supuesto que Rose era hija tuya… Fue…
– ¿Viene a disculparse por eso? ¿Eso es todo? ¿Por sugerir que tenía una hija ilegítima? Ese no ha sido el único daño que ha hecho… -su voz se apagó, ahogada por la furia.
Luego hubo un silencio tenso. Ni los niños fueron capaces de hablar.
– Tina, no sé qué quieres decir.
– ¿Me está diciendo que no sabe el daño que ha hecho?
– No.
– No sabe… -los ojos de Tina parecieron echar chispas-. ¡No lo sabe! Admite a mi hermana en el hospital, la atiende en el parto y le da el alta veinticuatro horas después. ¡Veinticuatro horas! Y sólo porque está en la seguridad social. A pesar de estar agotada al borde de la muerte, de estar muriéndose de hambre y de no tener a nadie que la ayude en casa. Por no mencionar la depresión. Pero usted la echó porque no puede ganar ningún dinero con ella y no le importa lo más mínimo cómo está.
Tina era una persona más bien baja, pero lo que le faltaba de estatura le sobraba de personalidad y fuerza.
– Así que no se preocupó por ella. Ni siquiera en los detalles más fáciles. No contactó con el centro de asuntos sociales para que enviaran alguien a su casa. No tuvo ninguna ayuda. Mi hermana llegó a casa después de una noche en el hospital y los vecinos le devolvieron a los otros dos niños. Nadie me llamó hasta dos semanas más tarde, que fue cuando tomé un avión en Brisbane para llegar y encontrarme…
Tina cerró los ojos.
– Esto fue lo que me encontré -apretó a los pequeños contra ella-. Mamá está enferma, ¿verdad? Pero ahora está en el hospital y se pondrá pronto bien. Mi hermana necesitaba un médico y no lo tuvo. Así que ahora… no lo necesitamos. No lo necesitamos para nada. Creo que será mejor que se vaya cuanto antes para que no me enfade más.
