
– He sobrevivido.
– Le he hecho daño.
– Lo merecía.
– No, no lo merecía -admitió sinceramente Tina. No tenía derecho a llevarme a Rose al hospital. Ellen fue quién me dijo que podía hacerlo. Pero…
– Y yo tenía que haber sabido toda la historia antes de hablarle.
– ¡Perdóneme!
La pequeña Ally, que había estado mirando a uno y a otro con visible impaciente tiró de la mano de su tía.
– Tía Tina, ¿te has hecho amiga del doctor Blaxton?
– No lo sé -dijo Tina, con una sonrisa débil-. Lo estoy pensando.
– Yo creía que el doctor Blaxton era…
– No digas nada, Ally. Creo que me he equivocado con el doctor.
– ¿Eso quiere decir que podemos dar una vuelta en su coche?
Tina abrió la boca y luego la cerró. De repente, una sonrisa iluminó su rostro. La sonrisa que Jock había visto ofrecer a todos menos a él. La sonrisa que hechizó a Jock desde el primer momento y que hizo más doloroso su desprecio. Y ahora esa sonrisa era para él.
– ¡Oh, Ally…! -Tina movió la cabeza y sus ojos se humedecieron-. ¡Maldita sea!
Dejó a su sobrino en el suelo y luego extendió la mano hacia Jock.
– Doctor Blaxton, no sabe lo agradable que es saber que no tengo que odiarlo -declaró.
“Lo mismo pienso yo”.
Esa sonrisa estaba provocando sensaciones extrañas en el interior de Jock. Tomó la mano firme de Tina y las sensaciones se hicieron más fuertes. Esa muchacha era diferente a todas las que había conocido anteriormente. Tina no llevaba maquillaje. Sus ojos eran claros y brillantes. Sinceros. Tenía manchas de leche en la camiseta y el bebé estaba pegado a sus senos como si fueran suyos. ¡Esa era la típica escena que a él le habría hecho correr!
– ¿Cómo… cómo está Rose? -consiguió decir. Y su voz sonó ronca.
– Como ve. Nos permite hacer todo, siempre que la llevemos a ella. Es muy sociable. Pero en este momento tiene sueño.
– ¿Por qué…? -su voz no le salía con firmeza-. ¿Por qué no está en el hospital con su madre? -preguntó, pensando que en los casos de depresión posparto separar a la madre del hijo empeora la situación-. No entiendo.
